Miércoles, 20 de septiembre de 2017|
 
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Represión franquista en Tordehumos

Como explícitamente reconoce el falangista Vicente Gay en su obra “Estampas rojas y Caballeros blancos”, escrita en 1937, Tordehumos fue con anterioridad al 18 de julio un lugar de concentración y entrenamiento de falangistas. En camiones requisados a los vecinos, diversos grupos de falangistas salieron de Tordehumos hacia otros pueblos de la zona, en los que todavía se recuerdan sus fechorías.

Ayuntamiento de Tordehumos

Por otra parte, datos de los archivos revelan que ya en 1933 estaba implantada en Tordehumos la Sociedad Obrera Agrícola, sindicato afecto a la U.G.T., con 75 afiliados. Siendo esto así, es de suponer que las personas que allí vivían de acuerdo con el orden constitucional estuvieran perfectamente fichadas y sus nombres figurasen en las listas negras de los golpistas.

La sociedad de Tordehumos estaba muy polarizada, según cuentan los testimonios. Existían tres bailes o centros de reunión: el de los señoritos, el de los obreros y el de los arrieros, y no se mezclaban entre sí. Continuamente había roces entre ellos: insultos, empujones y golpes. Esas refriegas tenían normalmente carácter de pelea juvenil; uno de los tumultos más graves ocurrió cuando unos jóvenes jornaleros impidieron la entrada en su centro a un grupo de falangistas del pueblo, y llegaron a las manos.

Sin embargo, los autores materiales de los asesinatos no procedían de Tordehumos, sino de Villagarcía de Campos. Se trataba de una patrulla de falangistas muy bien conocida en toda la zona por sus crímenes y desafueros de todo tipo. Este grupo, que aterrorizó y mató a tantas personas, se caracterizaba porque estaba comandado por un chico de 15 años, el célebre “Alubiero” de Villagarcía, de quien queda el maléfico recuerdo todavía a fecha de hoy.

El “Alubiero” detuvo, torturó y mató por las localidades aledañas, sin ningún freno. Uniformado, armado y protegido por personajes que lo manejaron como brazo ejecutor, sus crímenes no hubieran sido posibles sin la connivencia de las autoridades golpistas.

En Tordehumos se produjeron tres sacas de vecinos, muriendo unas catorce personas. Además de esto, hubo también encarcelados, represaliados, expoliados y varias familias que quedaron en la calle.

Por otra parte, en los alrededores del pueblo existen varias fosas con personas de otros pueblos, a las que llevaron allí para ser asesinadas: de Aguilar de Campos, de Urueña, etc.

Un hecho destacable es que no hubo muertos hasta que uno de los párrocos, que estaba ausente, regresó al pueblo. A partir de ese momento empezó a hablarse de listas y se produjeron los asesinatos. La situación se prolongó hasta la llegada al pueblo de don Eugenio Lobón junto con su hijo, el cual era abogado militar. Estos dos hombres se plantaron ante los falangistas de Villagarcía e impidieron que mataran a nadie más.

Los vecinos de Tordehúmos fueron testigos de acontecimientos terribles: cuentan que continuamente pasaban camiones cargados de gente de los pueblos de alrededor; iban hacia el monte, hacia Torozos, y regresaban vacíos.

Primera saca

El viernes 31 de julio de 1936 varios vecinos del pueblo fueron citados en el ayuntamiento, con el fin de “prestar declaración”.

Uno de ellos, Macario Ponce, regresaba a su casa cuando su familia le dijo que habían venido del Ayuntamiento a buscarlo para declarar. Él fue confiadamente y nunca más volvieron a verlo. Tenía unos 40 años.

Lo mismo ocurrió con sus hermanos Alfonso y Policarpo, éste conocido como Paco. Los tres eran asentadores de pescado y además tenían un comercio. Eran muy conocidos por todos los pueblos de los alrededores, pues vendían el pescado de forma ambulante. Todos estaban casados; Alfonso y Policarpo tenían dos hijos cada uno, y Macario, cuatro.

Los tres hermanos Ponce, junto con Juan Villanueva, un joven apodado Rojo, que era obrero, y posiblemente dos más, fueron conducidos a Valladolid y asesinados cerca del río Pisuerga, en las inmediaciones del Puente Mayor. Sus cadáveres fueron enterrados en una fosa común del cementerio de Valladolid, según refirieron unos testigos a los familiares.

Pero se dio la circunstancia de que el menor de los hermanos Ponce, Alfonso, cayó al agua y sobrevivió. Aunque pudo llegar al pueblo de Villabrágima y refugiarse en casa de su hermana, fue detenido de nuevo y esta vez no se libró de ser asesinado. Antes, sin embargo, pudo contarle a su hermana lo que había sucedido. Su cadáver fue recogido y enterrado por uno de sus primos en una zona de monte próxima a Villabrágima.

Segunda saca

El 4 de agosto, hacia las ocho de la tarde, los mismos camiones que habían patrullado anteriormente por las calles de Tordehumos volvieron a aparecer y aparcaron en la Plaza. Tras una entrevista con las nuevas autoridades, comenzaron a realizar detenciones por las casas, llevando a los detenidos al Ayuntamiento.

Un grupo de detenidos fue obligado a subir al camión. Se trataba de los vecinos:

-  Antolín Grande Fernández
-  Angel García Onandía
-  Darío Mozo Díez
-  Albino Rojo García
-  Rafael Martín Muñoz
-  Marcelino García García
-  Anastasio Mancho

A.M.M, que tenía 18 años, fue testigo de la detención de su hermano Rafael Martín Muñoz, quien ese mismo día cumplía los 24 años. Dice que él estaba trabajando en el campo y allí lo fueron a buscar. Le permitieron pasar por su casa para cambiarse, porque estaba regando, lleno de barro. Él sabía que lo iban a matar. No quiso ponerse los zapatos, como le dijo su madre; se puso unas zapatillas viejas porque “no las iba a necesitar”.

En el pueblo de Tiedra estaba trabajando un hombre de Tordehumos apodado “Chambete”, quien informó enseguida de que los detenidos de Tordehumos, junto con otras personas de Villabrágima, habían sido asesinados y enterrados en el cementerio de Tiedra. En total eran 12 personas.

Los cuerpos de todos ellos aparecieron en un descampado, en el término de Tiedra. Los vecinos de esta localidad se encargaron de enterrarlos y de señalar la fosa mediante una cruz hecha con piedras. Años después los enterraron en el cementerio y pusieron una lápida con sus nombres.

En este punto, los testigos recuerdan cómo los tres curas de Tordehumos observaban lo que estaba pasando, asomados a un balcón en la misma plaza, como si fuera un espectáculo. En ningún momento hicieron nada para impedirlo. Uno de ellos, incluso, era natural del pueblo, y como ya dijimos, todos lo señalaban como uno de los autores de las listas.

Quienes sacaban a las víctimas de sus casas eran falangistas uniformados y armados, y muchos de ellos eran vecinos de Villagarcía de Campos; formaban una patrulla recordada con terror en todos los pueblos de la zona. También participaron en los hechos falangistas del pueblo.

Tercera saca

Valeriano Mateo Florián, de 41 años, estaba casado y era padre de cinco hijos. Su mujer estaba embarazada de siete meses. La familia tenía un comercio de alimentación, un bar y uno de los tres bailes del pueblo. Había sido citado en el ayuntamiento dos veces con anterioridad. La segunda vez, el día 4 de agosto, lo detuvieron junto con otros vecinos que fueron asesinados en Tiedra, pero él fue liberado y regresó a su casa. Viéndose en peligro, pidió avales a amigos y conocidos, gente de orden, pero nadie lo quiso respaldar.

El viernes 14 de agosto se presentaron cuatro falangistas armados; le dijeron que tenía que ir a declarar a Villagarcía, lo subieron al coche y nunca más volvió a ser visto.

El médico del pueblo, un vasco llamado Audaz, calificado por la familia como buena persona, les contó que el coche donde iba Valeriano estaba parado en la Plaza de Villabrágima; que Valeriano estaba solo, cabizbajo, con la cabeza entre las manos. Esto lo contó a Modesto, hijo de Valeriano, años más tarde, con remordimiento por no haber hecho nada.

Por confidencias del Guarda de campo de los Torozos, la familia se enteró de que Valeriano había sido asesinado y enterrado en una de las fosas comunes de dicho lugar, próximo al cruce de Peñaflor de Hornija. La mayor de sus hijas, de 17 años, se dirigió al lugar con la intención de encontrar el cuerpo de su padre, pero al llegar se encontró con muchos cuerpos amontonados y no pudo identificar el de su padre. El guarda, de nombre Dionisio, le aseguró que ya estaba enterrado, pues él mismo fue testigo.

Después, la vida se hizo complicada para los familiares de los asesinados. Los informantes aseguran que no permitían llorar a las familias y que las amenazaban e insultaban continuamente.

Además, los bienes de los desaparecidos fueron robados o destrozados. Así, las camionetas con las que los hermanos Ponce vendían los géneros por los pueblos fueron incautadas y nunca devueltas. Lo mismo ocurrió con caballos y mulas pertenecientes a otros detenidos. Y durante el registro practicado por falangistas en el domicilio de Valeriano Mateo, fueron sustraídos muchos objetos de valor, y rotos y estropeados otros muchos. Los falangistas no llevaban ninguna orden de registro, y mucho menos de incautación, de ahí que los perjudicados hablen de robo.

La vida de estas familias sufrió un brusco vuelco. Los hijos mayores intentaron trabajar; las chicas marcharon a servir a otras ciudades, y los hijos más pequeños tuvieron que dejar la escuela para ayudar a la economía familiar, realizando tareas de todo tipo, como espigar, arrancar, transportar agua y piedra, etc.

TESTIMONIO DE A.M.M.

Toda la vida ha vivido con el peso de los hechos de los que fue testigo. Además de perder a un hermano, asesinado por los sublevados, su vida se transformó en un horror al sentirse acosada y perseguida en su propio pueblo y por sus propios vecinos, quienes intentaron que no tuviera trabajo ni tranquilidad.

En Tordehumos se vieron muchas escenas terribles; pasaban camiones llenos de detenidos, a plena luz del día, y a veces incluso se paraban en la plaza; y a pesar de que los falangistas ordenaban a los vecinos que se metieran en las casas, podían ver a los detenidos entre los cuarterones, y además los oían llorar y quejarse. Éste fue el caso de un grupo de gente que al parecer traían de Urueña; hombres jóvenes y mujeres, atados y llenos de polvo, entre quienes sobresalía una chica joven herida.

A finales del mes de julio trajeron a una mujer muy mayor, con el pelo blanco, de Villagarcía, a la que llamaban “La Pía” y que era la madre de unos chicos de izquierdas muy conocidos en la zona. La llevaron hasta el ayuntamiento y allí la dejaron atada a las rejas de una ventana, mientras los captores iban a beber y hablaban con los del pueblo. La dejaron al sol horas y horas. “Empezó a quejarse y nadie se atrevía a ayudarla. Llegaron los falangistas y les pidió agua. Entonces, “El Alubiero” cogió el fusil y le dio un gran culatazo que le destrozó la cara. Después se la llevaron junto con otros vecinos y los mataron a todos en el monte. Aún me acuerdo del mantón negro que tenía, que se le volaba cuando la llevaron en el camión”.

El 17 de agosto la informante iba en el coche de línea de Tordehumos a Valladolid. Junto al apeadero del tren, en el cruce a Peñaflor, el coche tuvo que parar porque “la carretera estaba llena de cadáveres; tuvimos que apearnos, y entre todos los viajeros, apartarlos a las cunetas. Había bastantes, hombres y mujeres; muchos de ellos llevaban atados trapos blancos y pañuelos en uno de los brazos”.

A finales del verano, ella y su tío fueron a coger guisantes. Iban por la carretera que sube al monte, conocida como “Camino Carriancha”. Empezaron a oír gemidos; ella no quería ir, pero su tío dirigió el carro hacia unos matorrales, y allí detrás vieron “a dos hombres tirados en el suelo; los habían fusilado. Uno estaba boca arriba, muerto; el otro, recogido, se sujetaba las tripas y se quejaba”. La informante y su tío, aterrados, fueron al Parador de Tordehumos a avisar a la Guardia Civil; volvieron hasta allí, pero ya estaban los dos muertos. Allí mismo los enterraron. “Uno tendría unos 40 años y el otro era más joven”.

Por fin nos cuenta que logró permiso para salir del pueblo. Se marchó entonces a servir a Valladolid, donde se puso de luto. Un día se encontró por la calle a Vitoriano, un falangista de Tordehumos, y allí, en mitad de la calle, la increpó por ir de luto y la amenazó para que no volviera a ponérselo.

Mapa de situación de Tordehumos Calle antigua de Tordehumos Torre de la iglesia parroquial de Tordehumos Fosa en la que fueron enterrados varios vecinos de Tordehumos, en Tiedra. Las fosas perdidas de Torozos. Zona de enterramientos.
 
Represion Franquista Valladolid

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