Martes, 27 de septiembre de 2022|

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A MÍ ME DIERON EL PASEO

Extracto de las Memorias de Heliodoro Villar, superviviente de un fusilamiento, recogidas por Félix Sierra Hoyos en su libro “Fuerte de San Cristóbal 1938: La gran fuga de las cárceles franquistas”

“El 18 de julio de 1936 se rumoreaba del golpe, de la militarada. En mi pueblo, Villafer, en la Tierra de Campos leonesa, los obreros teníamos una Sociedad de Trabajadores de la Tierra, adscrita a la UGT. El día 24 entraron militares y falangistas de Valladolid en el pueblo cercano de Valderas con ametralladoras. Se corrió el rumor de que mataban al que pillaban, sembrando el terror sin ninguna contemplación.
El día de Santiago, 25 de julio, fuimos como de costumbre a por un par de viajes de mies, era festivo solo por la tarde. Estando durmiendo la siesta me avisa mi cuñada, “Vienen falangistas por la carretera de Valderas”. Me escondí en una huerta cercana a mi casa y oí como tiraban abajo la puerta de mi casa, a tiros contra el cerrojo y luego con un hacha; mientras, mis padres estaban en casa de una vecina. Seguí escondiéndome en otros lugares del pueblo y aunque me buscaron no me encontraron y se fueron a tomar el cercano pueblo de Villaquejida. Pasé unos días escondido en casas de vecinos por precaución, pero empezaron a merodear a diario falangistas y guardias civiles diciendo que había que matar a alguien y que me entregara, que no me iba a pasar nada. Días después volvieron a registrar mi casa mientras yo me escondía en otras y decidí marcharme por la orilla del río a refugiarme en los plantíos. Seguí escondido varios días ayudado por dos guardas jurados y por mi familia.
El 10 de agosto me fui discretamente a León a incorporarme a filas, con una recomendación de un primo carnal falangista, Pedro Ballinas. Tendría que incorporarme el 19 de agosto. Volví a mi casa de noche y a la mañana siguiente vinieron como fieras a buscarme porque ya sabían que había estado en León; conseguí llegar de nuevo a refugiarme en los plantíos junto a otro perseguido, Froilán.
El 16 de agosto, fiesta de San Roque, fiesta en mi pueblo, empezaron a buscarme los falangistas de Valderas por el plantío; por fin nos vieron al pasar por el molino de arriba de Villaquejida y empezaron a rodearnos. Me escondí entre unas zarzas a la orilla del río. Estuvieron buscándome más de una hora y cuando uno bajó a beber agua al río gritó “Venid, que está aquí”. Eran falangistas de mi pueblo que estaban a las órdenes de los de Valderas. Me rodearon y el que rompió a hablar dijo “¿Qué, le damos?”, contestándole otro, “¡No hombre!, que es de nuestro pueblo, nosotros le entregamos y que hagan ellos lo que sea; si puede ser a los de Valencia de Don Juan, porque si se lo entregamos a los de Valderas le matan”.
Ellos con sus pistolas, yo custodiado como un malhechor, llegamos a mi pueblo. Había ya curiosos esperando; mi madre ya se había enterado y al verme así me dijo llorando, “Hijo, tírate al río antes de que te maten”. La dije “Madre, yo no he hecho nada, ¿por qué me van a matar?”. Mi madre fue a implorar al señor cura, pero éste no quiso saber nada.
Me llevaron a casa del barbero para que me afeitara; éste me dijo bajito al oído, “Si te cortara el cuello te haría sufrir menos que ellos”. Todos estaban enterados mejor que yo de las barbaridades que estaban haciendo desde el 18 de julio. Vinieron entonces a por mí los de Valderas. Me despedí de mis padres y me dijo mi madre llorando “¡Adiós hijo para siempre!”.
Me montaron en un coche hacia Valderas. En la primera dehesa, a mitad de camino paran, me bajan y me dice uno, “Si nos dices donde tenéis las armas, las bombas y las listas negras de los que ibais a matar, te dejamos, pero si no, te fusilamos”. Les dije que yo no sabía nada de eso, nunca había oído nada de bombas ni de listas. Entonces dice uno “Vendarle los ojos”, y volvieron a preguntarme. Yo ya ni respiraba, pero tuve valor para decirles “Hagan lo que quieran, yo no sé nada”. “Está bien, dijo el jefe, ¡cargad, apuntad!, corrieron el cerrojo y yo dije “¡Madre, adiós!” Entonces dijo el jefe, “Quitarle el pañuelo y al coche”.
Me llevaron al ayuntamiento de Valderas hacia las 8 de la tarde, metiéndome en una celda de la planta baja. A la hora larga de estar allí me suben a la planta de arriba del ayuntamiento y me sientan en una silla. Había varios con fusiles, semiremangados, con un montón de medallas y crucifijos colgando del pecho, en el lado izquierdo de la camisa. Me preguntaron, “Dónde están las armas, las bombas, la dinamita, las listas, etc.”. Volví a decirles que no sabía nada, tenía la vista nublada, casi no veía nada entre tanta gente amenazándome. “Ya cantarás. Tómate un vaso de ricino”, y le tuve que tomar por las buenas. Creo que ya no sabía ni donde estaba ni quién era yo. “Bueno, declaras o no”, me vuelven a decir. “No sé nada”, les dije. “¡Ahora vas a saber!”, y empezaron a pegarme con vergajos, culatazos, puñetazos, caí de la silla al suelo, casi sin conocimiento, solo me di cuenta que rodaba por el suelo a patadas y me tiraron por la escalera abajo, perdiendo el conocimiento.

A la mañana siguiente amanecí en el calabozo, tirado en el suelo, junto a la taza del water de olor nauseabundo. El día transcurrió tranquilo, mi prima Zoila me llevó comida por encargo del jefe de milicias. Por la noche, a la misma hora, me suben otra vez arriba del ayuntamiento, las mismas preguntas, la misma respuesta, otra vez aceite de ricino, esta vez en un botellón, otra vez vuelta a los palos y a rodar por la escalera. Al día siguiente amanecí en el mismo estado, mi prima Zoila me llevó unas sopas para desayunar y luego la comida.
Llega la noche, esta vez me sacan del ayuntamiento y me llevan a la Casa del Pueblo que habían levantado los obreros con mucho sacrificio, allí otra vez el interrogatorio, esta vez no me pegaron, solo dijeron “Te matamos”. Era la noche del 19 de agosto de 1936, a las 10,30 de la noche me llevaron entre siete hombres por la carretera que va de Valderas a Villanueva del Campo, andando unos 3 km. hasta llegar frente a una casilla de la vía estrecha del ferrocarril que iba desde Medina de Rioseco a Palanquinos.
De los siete, unos iban delante, otros detrás, yo en el medio sufriendo el vía crucis. Con qué inocencia se pasa el calvario, es lo más parecido a la pasión de Jesucristo, ellos de sayones, aunque llevaran un montón de medallas de la Virgen, yo de crucificado, me iban diciendo que me iban a matar, solo me quedaba una remota esperanza. Me decía a mí mismo que por qué, por qué si yo no era culpable de nada, no había cometido ningún delito. ¿Cómo iba a ser posible que esos hombres con tanta medalla me mataran a sangre fría? Creía que acaso en el último instante cambiarían de opinión.
Se me arrima uno, me agarra por la solapa de la camisa, me pone una pistola al pecho y me dice “Ven que te busco el corazón, tengo balas “dum-dum”. Se retira. Se me acerca otro de los siete y me dice, “No lo puedo evitar, te matan”. Acto seguido se separa de mí y llega la descarga. Caí al suelo, la cabeza me zumbaba. Me dieron tres tiros, uno de ellos me atravesó las mejillas de lado a lado sin tocar la dentadura, me pilló la boca abierta cuando exclamé “¡Ay madre mía!”. Este tiro fue hecho a quemarropa, aún tengo sus señales, las motas azules de la pólvora y los hoyos de entrada y de salida. Otro tiro me llegó al cuello, por detrás, el tercero me dio en el codo. También conservo las señales.
El tiro en la mejilla me produjo mucha sangre y eso sería mi salvación, caí al suelo, permanecí inmóvil, llevaba camisa blanca que se manchó enseguida de sangre y les hizo creer que estaba bien muerto. Encendieron una linterna para verme y dijo uno, “¿Le damos el tiro de gracia?, contestó otro, “Ya tiene bastante”, y se marcharon. Seguí tumbado mientras oía como se alejaban, no sé cuánto tiempo estaría tumbado, pero el instinto de conservación hizo que me levantara, me tambaleaba, estuve deambulando un rato y recordé que por allí había una casilla de la vía, había que buscar la vía, iba dando tumbos, tuve un momento de desmayo, me sentí desfallecer y cuando alcancé la vía pensé poner la cabeza en el raíl para que cuando llegara el tren acabara de matarme.
Reaccioné y busqué la casilla de la vía, llamé repetidas veces hasta que me contesta una voz muy baja, “¿quién es?”, sin abrirme la explico lo que me ha pasado y me dice que no abren porque están muertos de miedo, pero que hay ropa en un cobertizo. Allí me lavé la cara y la boca en un cacharro de beber las gallinas; la ropa estaba a medio lavar, mojada, con una toalla limpié como pude la sangre y corté bastante las hemorragias. Entonces tomé la determinación de volver a casa de mis padres, a unos 16 Km. de donde me encontraba. Iría por la vía para no perderme, hasta encontrar la carretera, sin pasar por Valderas, ya que entonces hacían guardia a la entrada de los pueblos.
La cabeza seguía zumbándome y notaba mucha tirantez en el cuello, como si me hubieran puesto unas tablillas, no podía volver la cabeza a los lados, tenía que volver todo el cuerpo. Seguí adelante durante toda la noche y cuando llegué a mi pueblo vi carros cargando mies. En el puente de la vía sobre el río Cea me enjuagué la boca una y otra vez, hice un último descanso y por la carretera me dirigí a casa. Tuve que ocultarme poniéndome cuerpo a tierra en la cuneta cuando pasaron algunos carros y hasta tres coches, en éstos solo solían circular entonces los matarifes.
Llegué a mi pueblo, Villafer, cuando ya amanecía. Tuve que esquivar a los falangistas que hacían guardia a la entrada, en el puente del Esla, abandoné la carretera y crucé por campos hasta entrar en el pueblo en busca del médico, llegué, la puerta estaba abierta, con luz en la cocina, entré. Yo conocía la casa de jugar en ella con Gabriel, amigo de la infancia. Ocurrió esa madrugada que Gabriel había sido llamado forzoso para ir al frente de guerra y su tren salía desde Campazas hacia León a las 6 de la mañana.
Al entrar en la cocina me encontré a Julita, prima de Gabriel que le había despedido poco antes, se llevó una tremenda sorpresa al verme, ni siquiera la salió preguntarme qué me pasaba, la dije que buscara al médico, D. Leoncio, y fue a buscarle a su habitación. Cuando me vio solo me dijo “¿Qué te han hecho?, ¡Salvajes!”. Entonces me llevó a la casa de mi hermana para que no me viera así mi madre. Cuando se enteró mi hermana se desmayó. Luego me metieron en la cama y con agua hervida me pusieron paños para que bajara la inflamación del cuello que podría ahogarme. Mi hermana avisó a mis padres de que me habían dado unos palos, para que no sufrieran tanto, luego fue a casa del alcalde a informarle. Este fue inmediatamente en coche a decirlo a las autoridades de Valencia de Don Juan, cabeza de partido de Villafer, y parece que le dijeron que no sabían qué hacer con la cuadrilla de malvados que había en Valderas ya que no paraban de asesinar a gente.
Mientras, yo empeoraba, apenas podía respirar, me vieron mis padres y decidieron como buenos cristianos que me administraran el sacramento de la extremaunción, el viático que entonces decían. El cura me lo administró y muchos vecinos fueron a verme. También fue a verme el jefe de falange, me abrazó, pero luego mandó a uno con una bicicleta a decirles a los fascistas de Valderas que seguía vivo.
Esa mañana mi prima Zoila volvió al ayuntamiento a llevarme algo de comida, entonces la mintió el alguacil, diciéndola que me habían llevado los falangistas de Valladolid para matarme en la carretera hacia Villanueva del Campo. Mi prima fue a buscarme andando por esa carretera y encontró la boina bilbaína que yo llevaba, junto a sangre en el suelo. Regresó con mi boina hacia Valderas cuando se encontró con el carro mandado por los falangistas para recoger mi cadáver.
El enterrador de Valderas me contaría en 1942 que quienes me ejecutaron la noche del 19 de agosto fueron a la mañana siguiente al cementerio para ver mi cadáver. Le exigían que estuviera allí el cadáver, pero no aparecía. Estuvieron nerviosísimos hasta que apareció en bicicleta el chivato de Villafer a contarles mi situación. Me contaron luego que querían haber vuelto a rematarme, pero no se atrevieron porque tendrían que haber matado en esta ocasión a toda mi familia.
¿Cuántos caerían en España ese día? Yo al empezar la noche, Federico García Lorca al amanecer del día 20, él cerca de Víznar, en Granada, yo cerca de Valderas, él y los otros sin poder contarlo, yo lo llevo contando desde entonces”.
La guerra no acabó aquí para nuestro amigo Heliodoro. Resumo su extensa autobiografía: se recuperó en unos meses de sus heridas y le obligaron, como a tanta gente, a ir al frente de guerra, amenazándole con represalias sobre su familia si se pasaba al lado republicano. Estando en el frente del Ebro una bala perdida le dio en el vientre, pero un duro de plata que llevaba en un bolsillo le amortiguó el golpe, volvió a salvar milagrosamente la vida. Tras recuperarse de este balazo entró con las tropas nacionales en Cataluña y asistió con pena a la caída de Barcelona.
Luego regresó a casa y tuvo que encontrarse cara a cara con algunos de los verdugos que le fusilaron. Conocía bien sus nombres y su vida, ya han muerto todos, procedían algunos del lumpen, vagos, sin conciencia, capaces de asesinar a inocentes a sangre fría. No les odia, aunque nunca ha olvidado las barbaridades que hicieron contra su persona y contra tantos trabajadores.

El 12 de abril de 2004 celebró sus 90 años con su familia y con amigos que le visitamos. Se sentía feliz sabiendo que por fin, después de casi 70 años, se estaba recuperando nuestra memoria histórica. Nos dejó para siempre el 3 de octubre de 2004. ¡Nunca te olvidaremos, Heliodoro!

Félix Sierra: Fuerte de San Cristóbal 1938, Ed. Pamiela, 2006

 
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