Lunes, 15 de julio de 2019|

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Una cierta justicia… histórica

Jimena Brime de Urz escribe cuentos y novelas cuyo fondo suele ser el golpe de estado de 1936 y sus consecuencias. Conocedora del tema, ha recorrido gran parte del territorio nacional en busca de información histórica, y su obra se basa en experiencias propias y sucesos ocurridos en la realidad.

Exhumación en Milagros (Burgos)

El día 17 de julio de 2005 fui a visitar la exhumación de una fosa común que los compañeros de Burgos realizaban en un pueblo cercano a esa capital.

Esta visita se concertó la noche anterior, en el transcurso de una cena en “petit comité”, organizada para romper el hielo con el profesor Payne, estrella del curso organizado por la Universidad de Burgos y que se iba a desarrollar durante toda la semana siguiente.

Éramos cinco personas en la mesa, y yo la única mujer; quizá por eso me sentaron a la derecha de Payne, quien, víctima de un ictus, mostraba dificultades motoras, aunque se manejaba en la mesa sin ninguna dificultad.

Yo le preguntaba acerca de sus investigaciones en los años 60. El hombre, mostrando una exquisita educación, llevaba la conversación mientras se servía de las bandejas con gran habilidad.

- Y José Antonio, ¿cómo era?
- Tenía los ojos azules…

La verdad es que su respuesta me pareció bastante frívola. Finalmente, estábamos hablando de una figura con muchas zonas oscuras, un auténtico desconocido cuya fotografía había presidido el país durante décadas.

La conversación prosiguió blandamente, siempre ceñida a los mandamientos de la cortesía.

Fue al final cuando salió el tema de las exhumaciones, y me quedé muy sorprendida cuando P. confesó que nunca había visitado una. Él, como especialista y receptor de múltiples testimonios, conocía la existencia de centenares de fosas dispersas por todo el país, y también debía saber que se estaban exhumando desde hacía algunos años.

Así que el coordinador de los trabajos le propuso acompañarnos el día siguiente, domingo, a la fosa en cuestión, cuyos trabajos estaban bastante adelantados, a lo que él respondió que le interesaba extraordinariamente, por lo que se concertaron las citas y nos despedimos hasta el día siguiente.

El domingo, día 17, amaneció con muchísimo calor. Llegamos a la zona hacia las diez de la mañana, y dejando los coches en el arcén de la carretera, bajamos por un camino sinuoso que conducía hasta el río. El lugar, como suele ser habitual, estaba cubierto por un bosque de chopos que esparcía sus sombras y aliviaba el agobio que el calor y la situación producían.

El responsable de la actuación comenzó por explicarnos las dificultades con que se habían encontrado. Guiados por unos informes inexactos, habían comenzado a picar en una zona pedregosa, hasta que los picos se partieron y decidieron alquilar una pala mecánica. Se habían desmoralizado mucho, comentó, cuando al finalizar la segunda jornada los resultados seguían siendo negativos.

Le escuchábamos contemplando en silencio el agujero. Revueltas entre las piedras, las raíces de los árboles producían una siniestra impresión.

- Estábamos desfondados y sin saber por donde continuar – prosiguió -, cuando apareció un informante inesperado. Unos vecinos del pueblo traían por el camino a un señor ancianísimo, que no paraba de hablar. Al llegar a nuestro lado, sin atender a las presentaciones y sin dejarnos decir palabra, nos dijo atropelladamente que los cuerpos no estaban allí, y que ésa no era la fosa.

“Yo los vi; están más allá…” repetía señalando hacia la izquierda. “Allá, allá abajo están todos enterrados… Vamos, vengan…” y echó a andar, tropezando con los cantos rodados, mientras los demás lo seguíamos.

Por fin llegamos a una zona, separada unos doscientos metros de la anterior, y el hombre señaló un punto, diciendo solamente: “Aquí…”.

Todos mirábamos el punto exacto que señalaba su dedo. El grupo, unos a su lado y otros tras él, estaba como petrificado. Durante unos momentos, nadie dijo nada, ni una sola palabra. Se percibía el silencio de una manera extraña, y hasta los pájaros habían dejado de cantar.

Por fin, alguien comenzó a hablar, y de golpe, todos hablábamos a la vez.

- “Este es el señor Pedro”- explicaban los vecinos que le habían conducido hasta allí-. “Vive en Bilbao todo el año, y suele venir a pasar unos días en agosto…”
- “Sí” – cortó el señor Pedro -. “Pero este año, fíjense qué casualidad, he venido en julio, porque la chica se puso mala… Anda, que si no es por eso, no los encuentran ustedes en la vida…”

Y ya, dándonos todas las explicaciones, nos contó lo que sabía. Él, con catorce años, había oído los tiros y pudo ver fugazmente los cuerpos y al grupo de asesinos, que se disponían a enterrarles allí mismo, donde estábamos en aquel momento… Nos contó también que en el pueblo, aquello era un secreto a voces, pues alguno de los asesinos (que él denominaba “matones”), era vecino, y “además de hacerlo, lo iba contando…”

Concluyó la información relatando de nuevo los hechos y enumerando a los asesinados. Como el testimonio nos pareció completamente verosímil, decidimos hacer una cata en el lugar, así que señalamos el punto y nos retiramos a descansar.

Al día siguiente estábamos todos preparados en el lugar nada más amanecer. Y, fíjense, no habíamos dado dos docenas de golpes cuando aparecieron los primeros indicios de enterramiento. Las tierras… (y allí nos dio una explicación técnica acerca del aspecto cambiante de los materiales, de los colores que iban apareciendo…) Todo anunciaba la presencia del enterramiento; así que nos pusimos a ello, y aquí pueden ver el resultado…

Habíamos llegado a la verdadera fosa. Era impactante. Habían excavado un rectángulo de unos veinte metros por cinco, con una profundidad de un metro, aproximadamente. Y allí, en el centro de aquel rectángulo, se podían ver los restos de aquellas personas, entrelazados y superpuestos entre sí, pero perfectamente reconocibles en todas sus partes.

Siete personas trabajaban dentro de aquel agujero. Unos sacaban tierra con las palas, depositándola en unos cubos negros, de los que se usan en la construcción; otros, acuclillados entre los restos, los limpiaban con pinceles y escobillas, descubriendo los huesos poco a poco…

Nosotros, al pie mismo de la fosa, mirábamos aturdidos todo aquello. En aquel silencio, se oyó la voz de P., murmurando apenas: “Impresionante…impresionante… impresionante…” Yo, que estaba a su lado, le miré: el ala de su gorrito de explorador proyectaba una sombra sobre sus ojos, pero no podía ocultar un brillo… extraordinario.

Y esa es la imagen de profesor P. con la que yo me quedé: ligeramente hemipléjico, frágil, emocionado a los pies de aquella fosa burgalesa.

Poco después se marchó junto con los demás profesores. Yo me quedé con los compañeros de Burgos, que iban a pasar el día entero allí.

Fueron transcurriendo las horas mientras aumentaba el calor. La gente se iba turnando en el trabajo dentro de la fosa, y aunque se veía el avance, allí quedaba mucha tarea. Uno de los arqueólogos nos dijo que la tarde “sería complicada”. Íbamos a comer todos juntos a una aldea cercana, pero algunos, muchos, se retirarían desde allí. Estaban agotados y el calor pasaba factura… Pero había que continuar con los efectivos disponibles, aunque fueran escasos…

Por la tarde cambió el tipo de gente que trabajaba en la fosa. Continuaban los arqueólogos y cuatro o cinco personas de la Asociación, pero el grueso del grupo lo componían vecinos del pueblo, que iban bajando por curiosidad y terminaban por echar una mano; también estaban dos hijas de los asesinados, que no habían abandonado el lugar desde que la excavación comenzara.

Todos fuimos trabajando a ratos con mejor voluntad que eficacia; yo misma bajé al agujero y me dediqué a sacar espuertas de tierra junto a un vecino mayor, concejal socialista del pueblo. Los arqueólogos nos fueron señalando los detalles: había entre los muertos dos mujeres, madre e hija; el esqueleto de la chica, de apenas dieciocho años, diminuto y frágil, conservaba en el dedo anular de la mano izquierda un anillo ennegrecido. A su lado, la madre… que conservaba todo su cabello, recogido en un moño… aquello horripilaba.

Los arqueólogos llamaron a la hija de uno de los asesinados: le iban a señalar lo que, con toda probabilidad eran los restos de su padre, identificado por su enorme estatura y algunos detalles más (estaba boca abajo, como los testigos habían dicho). La señora, que había permanecido durante horas sentada muy cerca, en una silla de camping, se levantó como una flecha. Los arqueólogos le explicaban los detalles y ella rompió a llorar. Era difícil contenerse y yo, desde luego, fui incapaz.

Y tras unos momentos de descanso, afrontamos la última parte del día. Todos los presentes estábamos exhaustos, pero todavía teníamos que dar un último empujón.

Yo aproveché el interludio para llegarme hasta el río. Estaba nerviosa y acalambrada, y la comida no me había sentado nada bien, o quizá había bebido demasiado vino. Necesitaba dar un paseo y respirar un poco.

Cuando regresé, al cabo de una media hora, vi que habían llegado nuevos refuerzos: había dos chicos jóvenes, de unos veinte años, paleando tierra con un vigor inaudito.

Me situé al lado del concejal y comencé a congratularme: aquellos chicos nos habían librado de una buena. Me detuve a mirarlos. No iban vestidos ni calzados para aquella tarea; uno llevaba un bañador y el otro, un pantalón corto. Sus pies, calzados con chanclas, se hundían en la tierra desnuda. Ambos llevaban el pelo muy largo y su piel brillaba por el sudor, pero manejaban las palas concentradamente, casi con obcecación. Nadie hablaba. Solo se oía el ruido de las palas: el golpe contra el suelo, el deslizarse de la tierra: Clac… rasss…Clac… rasss…Clac… rasss… La cadencia, perfectamente rítmica, nos había hipnotizado a todos.

Fue entonces cuando me di cuenta de que los chicos eran idénticos. Eran hermanos gemelos, estaba claro, iguales como dos gotas de agua. En el atardecer, rodeados por una nube de polvo y con los pies semienterrados en la fosa, parecían una especie de titanes. Sudorosos y en silencio, transmitían la impresión de que iban a continuar así, al límite de su esfuerzo, hasta acabar con todo el trabajo.

Me volví hacia el concejal, que los contemplaba absorto.

- “¿Son mellizos? ¿De donde han salido estos dos?”
- “Sí”- me contestó aquel hombre -. “Son mellizos. Viven en el pueblo… Y son nietos del hombre que asesinó a estas dos mujeres, y también las enterró. No creo que ellos lo sepan, pero desde luego, su abuelo alardeó de ello por las cantinas, y contó detalles… Era un desgraciado… Y ahora mira: estos dos chicos son clavados a él; según los viejos, su vivo retrato… Y están descubriendo a los ojos de todos lo que su abuelo enterró. El cometió el crimen y el destino devuelve sus fuerzas duplicadas para compensarlo de alguna manera… Así que, al final, quizá sea verdad que existe una cierta justicia… histórica…”.

(Recreación de ciertos hechos reales de los que fui testigo…)

 
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