Jueves, 19 de octubre de 2017|
 
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Vida y muerte en las Cocheras de Tranvías de Valladolid

A pesar del tiempo transcurrrido, quedan testimonios acerca de lo ocurrido en las Cocheras de Valladolid. Miles de hombres de toda la provincia pasaron días y noches de angustia y dolor en estas naves infernales, donde la vida y la muerte no valían nada.

Las oficinas de Cocheras tal como están hoy

La mayor parte de los detenidos de Cocheras eran “presos gubernativos”, es decir, a disposición de lo que ordenara el Gobernador Civil (que por cierto, era un militar).
Esto suponía que estos ciudadanos no iban a ser, de momento, sometidos a proceso judicial, y lo peor: que estaban a merced de las innumerables “sacas” que se produjeron durante los primeros meses tras el golpe de estado.

Al llegar a las Cocheras, ya identificados, los detenidos eran colocados por orden alfabético del nombre de sus pueblo, por lo que los detenidos de cada localidad estaban juntos. Este factor sirvió de apoyo a los recién llegados, quienes maltratados casi siempre, asustados y hambrientos se enfrentaban a una situación desconocida y amenazadora.

En las naves de Cocheras no existía ningún tipo de servicio, ni lo más indispensable; no había agua, ni retretes, ni lugar donde cocinar o calentarse. Una manguera en el patio servía para lavarse por turnos, rápidamente y de cualquier manera. Los guardias les concedían unos pocos minutos para asearse, y había que correr.

El patio era de tierra apisonada, manchado de grasa y gasolina. Los carceleros, casi todos ellos policías municipales, comenzaron a escoger detenidos para que cavasen una zanja que serviría de retrete comunitario. Señalaron a unos 20 detenidos y los pusieron a cavar. Todos los detenidos vestían traje.

Testimonio de J.P., detenido en Cocheras

Los servicios, por llamarlo de alguna manera, estaban en el patio. Los guardianes tenían muy mala fe y habían puesto a cavar las letrinas a los que llevaban traje, simplemente para humillarlos. Los guardias daban mucha leña. Particularmente recuerdo a uno a quien llamaban “El Zurdo”, que era un maestro con la porra. Nos dejaban salir y enseguida tocaban una sirena para que entráramos. Había que darse mucha prisa, pues los guardias nos pegaban sin parar.

Dormíamos todos en el suelo, como se podía. A los de la capital, sus familias les llevaban hasta colchones, les lavaban la ropa y les metían las comidas; los de los pueblos estábamos abandonados. Dormíamos encima de la ropa, y nos levantaban de madrugada. Había que recoger las cosas y limpiar. Muchos detenidos de la capital entregaban su rancho a otros, porque no lo necesitaban. Aun así se pasó muy mal, porque el rancho se acabó reduciendo a agua caliente con algún garbanzo.

Los guardias del interior de Cocheras eran policías municipales, que se portaron muy mal con todos los detenidos, hacían maldades de continuo, como romper las cazuelas de las comidas, registrar a la gente y humillar a los políticos, a los que conocían porque habían sido sus autoridades.

Testimonio de P.M., detenido en Cocheras

Cuando ingresó en Cocheras, nadie sospechaba lo que iba a pasar. Pensaban que era un levantamiento militar que pronto se sofocaría. Allí se encontró con otros de su pueblo y más conocidos de pueblos de los alrededores. Se juntaban por pueblos y dormían agrupados, además de pasarse las noticias.

Las Cocheras de Tranvías constaban de varias naves y pabellones; habilitaron dos de estas naves como cárceles, pues era tal el número de detenidos que no había donde meterlos: estaba llena la Cárcel Vieja, la Nueva, el antiguo Matadero y la Casa de Misericordia, anejas estas dos a la Cárcel Vieja.

Las dos naves eran de diferente tamaño: la mayor, llamada Nave Grande iba desde el Arco de Ladrillo al Campo Grande, y en ella se hacinaban en el suelo cerca de 3.000 hombres de toda la provincia. La nave más pequeña estaba en el centro de las Cocheras, hacia el norte. En ella había 1.600 hombres. Los de Mayorga estaban en la Nave Grande. P. hace un croquis: es un rectángulo, cuya puerta se abre al sur y da a un patio. Alineados a las paredes izquierda y derecha había dos tranvías en desuso. Ellos dormían entre la puerta y el tranvía de la izquierda, en el suelo, sin petate, ni manta, ni nada, como todos. Más adelante las familias les llevaban ropas de abrigo, colchones o lo que podían. Dice P. que la mayoría dormía tapándose la cabeza con capotes.
Al fondo había unas oficinas con puerta propia. No había aseos, ni agua, ni nada. Era un garaje.

Los días eran terribles: recluidos en las naves, sin luz, sin agua, sin noticias… Pronto llegó el otoño, un otoño particularmente helador. En el interior de aquellas naves no se podía dormir, pero había algo peor que el frío, el olor o el hambre: era el pánico. Caía la noche y en las naves los hombres no dormían. Echados sobre sus petates improvisados, esperaban la hora fatídica de las sacas, que solía ser las dos de la madrugada.

Muchos hombres fueron obligados a levantarse y a acompañar a las patrullas que irrumpían entre los hombres acostados, buscando a sus víctimas. Solían ser los verdugos de una localidad, que no se resignaban a que los detenidos pudieran seguir con vida y venían a asesinarlos. Mucha sangre corrió en aquellas noches a mano de vecinos del mismo pueblo, que mataban cobardemente a sus oponentes políticos o ajustaban cuentas.

La estancia en Cocheras era casi una condena a muerte. Cuando uno de los presos recibía la noticia de su procesamiento, era felicitado por los que le rodeaban, pues el juicio significaba una oportunidad de vivir. Los demás continuaban esperando día tras día lo que la suerte les deparase.

Testimonio de Leopoldo García Ortega, preso en Cocheras

Lo peor de todo eran las sacas y las ruedas de reconocimiento. Las sacas, sobre todo al principio, eran cada noche. Unas veces venían falangistas de los pueblos a buscar a los detenidos de su pueblo. Otras eran los propios guardias, que venían con una lista de nombres a sacar gente.

Una noche aparecieron los guardias y se pusieron a leer los nombres de la gente. Serían las dos de la mañana. No se oía ni rechistar. Todos estábamos callados, esperando a ver si nos llamaban.

Entonces llamaron a mi amigo Julio: “Julio Calleja García”. Pero él se llamaba García Calleja, y así lo dijo. Un guardia le contestó: “Hoy te libras; mañana no te librarás”.
Justamente, a la noche siguiente vinieron a buscarlo. Yo estaba durmiendo a su lado. Cuando lo llamaron, se levantó y yo me tapé la cabeza con la manta. Estaba aterrado. Tenía 16 años.

Entonces Julio, con el vozarrón que tenía, que se oía en toda la nave, me dijo: “A ver, chaval, ¿no quieres abrazar a un muerto?”. Se agachó y me abrazó. Y así salió, tan tranquilo. Nadie lo volvió a ver.

Se trataba de Julio García Calleja, o Calleja García, “Bacalao”, afiliado a CNT.

Casos como las aquí testimoniados se repitieron sin cesar durante los primeros meses tras el levantamiento. Se trataba de una “operación de limpieza”, llevada a cabo también en los pueblos, mediante la que se intentó exterminar a cualquier oponente.

La planificación, los motivos políticos de las matanzas, los asesinatos nocturnos, los secuestros previos, la indefensión de las víctimas y su entierro ilegal en lugar desconocido, hacen que estos hechos entren en la categoría de “CRIMENES CONTRA LA HUMANIDAD”, delitos que no prescriben y que es necesario aclarar y juzgar.

A pesar del tiempo transcurrrido, quedan testimonios acerca de lo ocurrido en las Cocheras de Valladolid. Miles de hombres de toda la provincia pasaron días y noches de angustia y dolor en estas naves infernales, donde la vida y la muerte no valían nada.Restos de instalaciones en el patio de Cocheras
 
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